sábado, 8 de noviembre de 2025

La Ermita

Buscando una imagen para el recuerdo, lo primero que se me ocurre es La Ermita... ¿por qué será?


Ermita de Ntra. Sra. de Gracia. Paracuellos de la Vega. Cuenca.


ROMANCE DE LA PARDALA... o historia de un atracón por comer higos de pala.

  Era Maruja Pardala
güertana  agreste y bravía,
fuerte brazo y carne prieta;
las piernas a la medía,
justo pa llegar al suelo;

y cuatro palmos arriba,
u sea, a los siete justos,
dos ojos como garbanzos
y tres mechones de arbustos
anudaos en un pañuelo.





Paticorta, lengüilarga,
dispuesta para el trabajo,
lo mismo arranca patatas
que siega cuatro yerbajos
para engordar tres polluelos.

Sabe de cortar limones,
de amasar a los marranos,
y de escardar los bancales
aunque le corten las manos
en el invierno los hielos.

Sabe de mil privaciones,
y sabe de pasar hieles,
pues tiene siete zagales
que comen como lebreles
y miran como mochuelos.

Más de un día se durmiera
sin comer María Pardala
si el Señor de las Güertanas
no llenase las laderas
de ricos higos de pala.

Y trepando por la cuesta
los va cogiendo María
antes de que el sol caliente,
para llenar una cesta
con la comida del día.
Las tripas le van sonando
con tan gran algarabía
que, según coge los higos,
uno a la cesta va echando
y el otro pa la barriga.

 Así cogiendo y comiendo,
“este porque está maduro,
este para los zagales,
este que se está rompiendo,
este está una miaja duro”….

va llenando
a la par barriga y cesta
con los frutos más sabrosos;
y va las hambres matando
y va bajando la cuesta.

Luego en casa, con esmero,
los pone en agua y los barre
para quitarles las pinchas,
que si nó, a los puñeteros,
no hay después quien los agarre.

Después, con mucha paciencia,
uno a uno en la cocina
los frutos va preparando,
que pelar es una ciencia
que poca gente domina.

Según los corta y prepara
sigue comiendo, sin culpa,
el que, demasiao maduro,
se rompe cuando separa
la dura piel de la pulpa.

Pela y come, come y pela,
para ella y los demás,
que hoy fue buena la cosecha;
y el montón corre que vuela
hasta que no quedan más.
  
              


Tantos higos se comió
ese día
sin querer, burla burlando,
que el vientre se le atrancó
con tantos higos de pala

que, según fueron bajando,
le formaron un tapón
allá por la sentaera,
donde se iban atrancando,
duro como el hormigón.

La tarde se va pasando,
los higos van recociendo
el saco de la barriga,
las tripas se van quejando
y los dolores subiendo.

Serian más de las diez
cuando sintió un apretón
que, desde el ojo del culo
hasta cerca de la nuez,
dejó sin respiración.

Agarrándose a una vara
que tenía, de avellano,
pudo llegar al corral,
y apalancarse a la parra
bien fuerte, con las dos manos.

Arremangando la saya
y doblá por la cintura,
sin parar de resoplar,
se agachó, bajó las bragas,,
y…!rediós, otra apretura!

¡Que agonías, que sudores!
¡Jesús, que dolor más fuerte!
La pobre María Pardala
tenía tales dolores
que parecían de muerte.

Se apalancó como pudo
al tronco de un jinjolero,
se sujetó con las manos
las tripas, hechas un nudo,
y apretó con desespero.



Primero fue un viento seco,
endispues otro apretón
de la barriga pa abajo,
un abrírsele las carnes…
¡y una tremenda explosión!

Las semillas de los higos
saltaron con tanta inquina
que mataron tres conejos,
dos canarios de un vecino
y diez o doce gallinas.

Y fue el ruido tan tremendo
de tanta deflagración
que a una cerda que paría
más allá de Torremendo
le cortó la parición.

Nadie ha vuelto a dar memoria
de los pasos de María.
…Que se fue con un cubano…
…que la vieron por Vitoria
con un viejo de Alquerías…

Hasta dicen sí fue un OVNI
los vecinos del lugar
el qué explotó aquella noche,
mató las doce gallinas
y destrozó to el corral.

           Esta historia se remató en Murcia por su autor,
       D. Javier Cuevas Alcañiz, el veintidós de abril de 2005.
      


Con tiempo....



Con tiempo pasa el año, mes y día;
con tiempo el tigre su fiereza pierde;
con tiempo es seco lo que en tiempo es verde;
con tiempo llora quien con tiempo reía;
con tiempo el potro, que cerril se cría,
consiente silla y el bocado muerde;
y con tiempo, y sin tiempo, es bien me acuerde
que acaba el tiempo lo que el tiempo cría.

Los Alcañices.


LOS ALCAÑICES

Llegados desde los cuatro

puntos del solar hispano,

llamados por su memoria,

en un pueblo castellano

hoy se juntan diez hermanos

con su gente y con su historia.



Son los diez, si mal no cuento,

los que se encuentran presentes,

que también los dos ausentes

están en el pensamiento.



Conrado, Herminio, María,

Juan José, Daniel, Ramiro,

Angel y Lourdes son ramas

frondosas del tronco aquel

que completaron un dia

Candelaria y Rafael.



Un roble viejo y añoso

que, a fuerza de devoción,

hicieron crecer, hermoso,

Rafael y Adoración.



Y clavaron con tal fuerza

en el suelo sus raíces,

y sus frutos fueron tantos,

que los cuatro, allá en el cielo,

ven cumplidos sus anhelos

al ver que bajo su manto

tantas familias felices

entonan, como en un canto:

¡¡AQUÍ ESTAN LOS ALCAÑICES !!




                                      Leido en la primera comida familiar en Cervera del Llano.

MAYOS de las MOZAS


                                          MAYO de las MOZAS,  que se canta en Paracuellos de la Vega (Cuenca) todos los años la noche del día 30 de Abril en las ventanas de las mozas por los mozos del pueblo.
I
  Ya estamos a treinta
del Abril cumplido,
alegraos damas
que Mayo ha venido.
  CORO.-…alegraos damas
                 Que Mayo ha venido.
II
  Viene tu galán
prometiendo Mayos
con verdes pimpollos
rubios y encarnados.
  CORO.-…con verdes pimpollos
               rubios y encarnados.
III
  Encarnada rosa,
número de Apeles,
para dibujarte
no traigo pinceles.
  CORO.-…se repiten siempre los dos últimos versos.
IV
  Pinceles son plumas
y una me has de dar
de tus alas bellas
Águila Imperial.
  CORO….
V
  Águila Imperial
 el sueño reposa,
despierta si duermes
y oirás mis coplas.
VI
  Copiosos y rubios
tus cabellos brillan,
tu nariz al punto,
relumbrante, niña.
VII
  Relumbrantes son
tus mejillas bellas,
tu nariz al punto
dirección de perlas.



VII
  Perlas son tus dientes,
tu boca un clavel,
tus labios partidos
dulce panal es.
IX
  El panal sellado
que a la barba baja
es dulce y sabroso
que a la nieve cuaja.
X
  Cuaja finas perlas
señora, en tus brazos,
con diez ramilletes
de jazmín, tus manos.
XI
  Manos más preciosas
nunca las pintamos,
cuerpo más perfecto,
talle más delgado.
XII
  Delgada sois, dama,
debéis perdonar
que tanta hermosura
no pueda pintar.




XIII
  Pintaré tus piernas,
menudito el pie;
pequeñito el canto,
hechicera, es.
XIV
  Hechicera es
aquí esta Señora,
X…….. se llama,
de esta calle aurora.
XV
  Aurora sois, luces
flor de primavera,
Mayo te prometo,
sea enhorabuena.
XVI
  Sea enhorabuena
pimpollo dorado,
dime quien lo ignora
pues Mayo ha llegado.
XVII
  Señora X………….
si es de vuestro agrado
al Señor X………….
recibáis por Mayo.


XVIII
  Quiérelo mi dama,
quiérelo florido,
clavel encarnado
y encarnado lirio.
XIX
  Adió alhelí,
adiós azucena,
adiós rosa blanca,
adiós rosa bella.
XX
  Blanquea la aurora
y le dice al sol:
espejo brillante,
quédate con Dios.
XXI
  Quédate con Dios,
que el Mayo se queda
con mil resplandores
a tu cabecera.
FIN






  Copia realizada en 23.Abril. 1988 por Virgilio Cuesta Sahuquillo  de una copia a su vez de Florentino Naharro del original en 1962.
  Editado en Word por Javier Cuevas Alcañiz, desde la dicha copia escaneada y facilitada por Juan Ramón Cuesta Parres, el 30 de abril de 2013.


La Perdiz, Los Maquis y el Molino Bartolo. Parte II

LOS MAQUIS.

El maquis,1 también conocido como la guerrilla, Resistencia española o GE (Guerrilleros Españoles), fue el conjunto de movimientos guerrillerosantifascistas de resistencia en España que comenzó durante la Guerra Civil. El casi inmediato estallido de la Segunda Guerra Mundial sorprendió a gran parte de los excombatientes republicanos en territorio francés; muchos de ellos se incorporaron a la Resistencia francesa en lo que fue la Agrupación de Guerrilleros Españoles. A partir de 1944, con los ejércitos alemanes en retirada, muchos de estos guerrilleros reorientaron su lucha antifascista haciaEspaña. Pese al fracaso de la invasión del Valle de Arán en ese año, algunas columnas consiguieron progresar hacia el interior y enlazar con las partidas que habían permanecido en el monte desde 1939.
El periodo de máximo apogeo guerrillero fue el comprendido entre 1945 y 1947. A partir de este año se intensificó la represión franquista, que poco a poco fue terminando con las partidas o grupos. Muchos de sus integrantes murieron o fueron detenidos (lo que en muchos casos supuso igualmente la muerte), otros escaparon a Francia o Marruecos. En el año 1952 se procede a la evacuación de los últimos contingentes de importancia. Desde ese año, quienes aún resisten en el monte, negándose a elegir entre exilio o muerte, luchan ya casi exclusivamente por la supervivencia. El final del maquis lo marcan las muertes de Ramón Vila en 1963 y de José Castro en 1965.
                                                                                                   (Wikipedia)
 
Maquis


   Según le oí contar en varias ocasiones, mi padre había tenido contacto frecuente con maquis en los Hospitales Militares de Jaca y Zaragoza, donde hizo su Servicio Militar como Practicante, tras iniciar sus estudios como tal en el Hospital Militar Gómez Ulla de Madrid.
  En esa  zona próxima a la frontera francesa, era más frecuente y abundante la presencia de miembros del Maquis, bien residentes o bien de paso hacia otras regiones de España. Y, en consecuencia, no eran infrecuentes los enfrentamientos entre miembros del Maquis y fuerzas de orden público, principalmente Guardia Civil, el grupo de las fuerzas del estado más utilizado en la represión de cualquier movimiento de oposición al Régimen, y por tanto en la lucha contra los Maquis.
  Con  algunos de los heridos en esos enfrentamientos, llevados al Hospital Militar de Jaca, tuvo contacto mi padre, como Practicante que debió atenderles y con el que establecieron cierto grado de confianza que le llevó, en alguna ocasión, a ayudarles, depositando en Correos de forma clandestina, alguna carta de estos, dirigida a su familia, dándoles noticias de su suerte. O más bien, de su mala suerte.
  Referíanle algunos cómo en numerosas ocasiones habían tenido en el punto de mira de sus fusiles a patrullas o destacamentos de soldados, dejándoles pasar sin un disparo, ya que eran, en su mayoría, simples paisanos, soldados de reemplazo, que bastante tenían con soportar su frío, su hambre y sus piojos lejos de su casa, a cambio de nada. No ocurría así con la Guardia Civil, pues estos habían hecho de ello su oficio y forma de vida, siendo el primer y más encarnizado de sus enemigos, y el primer instrumento de represión de cualquier movimiento de rebeldía o, simplemente, de reivindicación. Y el sentimiento era mutuo.
  Era nuestro pueblo el centro geográfico de una zona activa de la guerrilla comprendida entre los términos municipales de Minglanilla, Motilla del Palancar, Almodóvar, Monteagudo de las Salinas y Cardenete, extendida con frecuencia a la zona de las Hoces del Cabriel. Dado lo accidentado de su orografía fue refugio de los últimos Maquis que se movieron por la provincia de Cuenca. Y que, a esas alturas, más que un movimiento guerrillero eran pobres supervivientes echados al monte como única forma de supervivencia de algunos significados opositores al Régimen del General Franco o, a veces, solamente familiares de estos que se escondían de las represalias de la Guardia Civil.
  Alguno de los más viejos del lugar quizás recuerden el nombre de “El Manco de la Pesquera” uno de los últimos y más conocidos  que se movieron por esos lares.
Basiliso Patrocinio Serrano Valero, nacido en el término municipal de La Pesquera, próximo a Minglanilla, en la casa llamada de “la cirujana” en el paraje de “El Molinillo”, en abril de 1908.
  De este hombre, tenido por buena persona y no como enemigo por las gentes de aquellos pueblos, y respetado incluso por sus enemigos, se cuenta que llegó incluso a comer en alguna ocasión con el mismo Gobernador Civil de Cuenca.
  De su buen carácter habla una anécdota que se contaba, del principio de la Guerra Civil, cuando un grupo de milicianos pretendió fusilar al Cura de su pueblo, y él lo impidió diciendo “Aquí no sobra nadie. Si acaso lo que falta es  pan para todos”. Con acciones similares se ganó el respeto de amigos y enemigos.
  Pero esta es otra historia que alguien, con más conocimientos que yo, podrá contar mejor.
  El caso es que por lo referido a la situación geográfica de nuestro pueblo con relación a los maquis, los mandos del Cuartel de Campillo de Altobuey tuvieron a bien poner un pequeño destacamento con tres o cuatro de ellos en Paracuellos.
  Nosotros vivíamos por aquel entonces en una casa que era de Leonor y Virgilio, el padre de Pedro y Mariluz.  Y más de una noche se sentaron junto a la lumbre bajo la gran chimenea que había (y creo que hay) en la cocina-comedor-sala de estar de la casa.
  Y allí les oí hablar de los maquis y a mi padre contar sus historias con ellos en el Pirineo. Yo, al fin y al cabo, solo era un güacho sentado en un rincón escribiendo cien veces en cualquier papel “se escriben con b las palabras terminadas en bir, menos hervir, servir y vivir”. Cosas de D. Roberto.
Guardia Civil.
  Solo recuerdo el nombre de uno de ello, el Sr. Martín, y su mujer, la Sra. Micaela, con los que después de que se suprimiera el destacamento de Paracuellos y volviesen al Cuartel del Campillo, seguimos manteniendo relación, y no fueron pocas las ocasiones en que, años más tarde y tras merendar en mi casa, que por entonces estaba junto al “Cercao”, mi madre se despedía alargándole un talego con alguna torcáz o conejo y diciéndole  “déle esto a la Sra. Micaela”.


El Molino Bartolo. Parte III

  
El Molino Bartolo.

   El siguiente relato, como el fácil deducir, no es fruto de la propia experiencia, en la forma en que lo fue el relato de la primera parte, sino el recuerdo hilvanado de comentarios ocasionales, conversaciones oídas al calor de la lumbre posteriores a los hechos acaecidos y más tarde, al relato de mi padre, involuntario y obligado testigo de parte de los sucesos que se desarrollaron una noche de luna llena en el Molino llamado de Bartolo, en un escondido y abrupto rincón al sureste del termino municipal de Paracuellos de la Vega.
   Como recuerdan los más viejos del lugar, y algunos que no lo son tanto por relato de sus padres, en aquellos años de mediada la década de los 50 no era infrecuente y por todos  sabido y callado, o como mucho, comentado en voz baja en las largas veladas de invierno, mientras se desgranaban las panochas de panizo o se cortaban y troceaban las coles, remolachas o patacas con que alimentar al ganado recluido en las tainas (o tinadas, dicho en fino) por las largas y copiosas nevadas de aquellos años… vamos para atrás, que el abuelo se enrolla como las persianas.

   Decía que no era infrecuente que las gentes del pueblo, en su ir y venir por el campo con su par de mulas, labrando un cachujo de tierra o acarreando una carga de leña, viesen por alguna trocha del monte o al trasponer el recodo de un camino, las siempre precavidas y huidizas figuras de alguno o algunos de aquellos hombres, antaño opositores políticos o militares del Régimen de Franco y hogaño meros y angustiados supervivientes, echados al monte, de lo que fue, o quiso ser,  un movimiento de guerrillas integrado por antiguos miembros de la CNT y de otros grupos de izquierdas fieles a la República y contrarios, por tanto al Alzamiento Nacional.
  Eran personas de los pueblos próximos que un día tuvieron alguna relación con el movimiento Maquis (“maquisards” franceses), que se organizó en el sur de Francia durante la Segunda Guerra Mundial, formados por huidos y exiliados de la Guerra Civil Española con la ilusión ánimo y esperanza de, mediante la guerra de guerrillas que otrora tan buenos resultados diese a los españoles, desestabilizar al Régimen y propiciar la vuelta de la República y la Democracia. O solamente familiares que huían del acoso y presión de la Guardia Civil para que delatasen a los huidos.
   Estos Maquis no suponían ningún peligro real para los campesinos de los términos por los que se movían, ni mantenían contacto habitual con los mismos, salvo en las contadas ocasiones en que se acercaban a los caseríos aislados en el campo en demanda de  provisiones de subsistencia o de cualquier producto de lo poco que ofrecían aquellas tierras a sus pobres trabajadores. Y cuando se hacía mención a ellos era con una mezcla de temor ante los desconocidos y admiración y respeto hacia los valientes “echados al monte”.
  Recurrían estos en algunas ocasiones a los servicios, bien de grado o con cierto contenido de amenaza  y coacción, de caseros aislados en molinos o casas de campo para que les comprasen productos necesarios, tabaco o ropa, que ellos mismos no podrían comprar, al no poder acercarse a los núcleos de población por temor al apresamiento por la Guardia Civil, que lógicamente tendría vigiladas tiendas y tabernas por ser posibles puntos de abastecimiento.
   Y este parece que era el caso del Molinero del Molino Bartolo, quien, no supe nunca si de grado o por fuerza, servía de correo, enlace y suministrador de los tres Maquis que se escondían por aquellos lares. Así como, a veces de refugio en los días más crudos del invierno.
  Al tiempo la Guardia Civil tuvo conocimiento de esta relación y urdió un plan para atrapar a los Maquis que por allí quedaban.
   Sobre el techo de la única estancia del molino, a la vez cocina, comedor y zona de estar, se encontraba un altillo o cámara al que se tenía acceso solamente por una trampilla disimulada entre los revoltones del techo, justo sobre la única mesa de la estancia, y con la sola comunicación con el exterior de un ventanuco que servía de respiradero, abierto al aire del monte para que el frió y el aire ayudasen a curar los cuatro derivados de la matazón del pobre cochino que proveía de carne la olla del molinero.
  El plan era sencillo e ingenioso. En lo alto del altillo esperaría la pareja de la Guardia Civil la llegada de los Maquis cuando fuesen a recoger el condumio que el molinero les hubiese comprado en la tienda de Heraclio, la única del pueblo.
  Cuando estuviesen dentro, el molinero, con la excusa de buscar leña para la lumbre, saldría de la casa, atrancando la puerta por fuera, momento que aprovecharían los civiles para abrir la trampilla y sorprender y apresar a los maquis. Sencillo.
  Y así, en los días en que el molinero subía al pueblo a comprar suministros, una pareja de números de la Benemérita se apostaba en el altillo esperando el anochecer y la llegada de los maquis.
   No fueron pocas las noches que los guardias pasaron en el molino esperando la llegada de los fugitivos, pero con pobres resultados, ya que si bien nunca dejaron de pasar a recoger sus encargos, siempre entraba en el molino uno solo de los maquis, esperando los otros dos, desconfiados, a una prudente distancia de seguridad, no atreviéndose los guardias a apresar a uno dejando escapar a los otros.
  Pensando en como reunir a los tres maquis en el molino  alguien cayó en la cuenta de  que unos días más tarde era el cumpleaños de la mujer del molinero y que este subiría al pueblo, como hacía un par de veces al mes, para comprar en la tienda y algo un poco más apetitoso para celebrar el cumpleaños de la mujer. Y de paso, algún “cuarterón” de tabaco para sus forzosos inquilinos.
  Y casualmente era una noche de luna llena que, si los nubarrones no la ocultaban, proporcionaría claridad suficiente para desenvolverse en el campo. Entonces no se había inventado la “contaminación lumínica” y cualquiera podía ver en las noches de luna llena casi como en pleno día. Y si no, que le pregunten a los cazadores “maduritos” por los buenos momentos para hacer una espera a las liebres.
   Antes del atardecer ya estaban los guardias apostados en el altillo del molino, esperando nerviosos la llegada de los guerrilleros.
   Y, efectivamente, al oscurecer llegó uno de ellos a recoger el suministro, quedándose los otros en la linde del monte, como siempre.
   - ¿Y los compañeros? Preguntó el molinero.
   - Por ahí. Respondió el maquis.
   - Es que hoy es el cumpleaños de la parienta y ha preparado un conejo con pisto y unas chullas de jamón, y me he traído de la tienda dos cuartillos de vino. Pa celebrarlo. Poca cosa es, pero lo ha hecho con agrado.
   - No se…. Dudó el buen hombre.
   - No, si lo ha hecho con gusto, pero que se temía que le hicierais el feo. Que lo entiende. Aunque tampoco será mucho rato, y la noche está buena para andar por el monte.
  - Espera.
 Y volvió donde estaban sus compañeros que, tras unos momentos de indecisión, se decidieron a acudir al molino.
  Entraron, dejaron los fusiles que llevaban apoyados en la pared, al alcance de la mano, o colgados en el respaldo de la silla de anea.
  Así, entre bocado y trago, fueron dando cuenta del magro convite hasta que, cerca de terminar, el molinero, mirando la lumbre que empezaba a menguar, se levantó, diciendo
- Voy por una brazá de leña…
  Algo raro debía flotar en el ambiente, o en la mirada del molinero, porque uno de ellos, el que parecía llevar la voz cantante, dijo
 -Que vaya la mujer…
Y mientras esta salía a la puerta, como al descuido, agarró el fusil.
 La mujer salió, pero sin tiempo para cerrar la puerta.
 Arriba los guardias contenían a duras penas la respiración, temiendo delatarse y echar a perder todo el plan.
  A partir de este momento todo ocurre con extraordinaria rapidez y confusión. Los guardias, al contarlo, no lo tienen tampoco demasiado claro. Lo cierto es que en un mismo momento se abrió la trampilla, con los Civiles asomando sus “naranjeros” al grito de
 -¡Alto a la Guardia Civil!
 -¡Nos has traicionado! Gritó el maquis dirigiendo su fusil al molinero, que salvó su vida de milagro al agacharse a coger un hacha de mano que había dejado, como al descuido, cerca de la mesa, aunque no sin resultar herido por el disparo.
  El que disparó salvó de un salto la distancia hasta la puerta, mientras los guardias disparaban desde el altillo, alcanzando a uno de ellos, que quedó malherido en el suelo.
  El molinero, antes de que el otro maquis pudiese dispararle, alcanzó a lanzar un hachazo que alcanzó a este causándole una herida en la cabeza que no le impidió salir huyendo.
  Cuando bajaron los Civiles encontraron al molinero, con una herida en el hombro izquierdo, y al maquis, caído en el suelo, herido de gravedad.
  De los otros dos, ni rastro de momento.

  Estábamos ya acostados cuando llamaron a la puerta de casa, preguntando por el Practicante. Era otro Guardia Civil, que dijo a mi padre que cogiese material para curar a dos personas, y se lo llevaron con ellos.
  Volvió clareando el día, sin contar que había pasado ni adonde había ido.
- Cosa de la Guardia Civil. Contestó a la mirada interrogatorio de mi madre.

  Algunas noches, junto a la lumbre donde se asaban unas patatas y algún chorizo, el Sr. Martín, el Civil, desgranó algunos detalles de lo que acabo de contar.
  Al Maquis malherido lo llevaron, creo que a Cuenca, porque ni ellos mismos sabían que había sido de él.
  Al día siguiente, junto al río, más arriba del Molino, encontraron rastros de sangre y unos trapos ensangrentados, de curarse el maquis que había herido el molinero.
  Parece ser que, siguiendo estos rastros, unos días más tarde localizaron, cercaron y redujeron a los dos maquis en una cueva oculta tras unas matas en un paraje que llamaban el Cerro del Águila.
  Al parecer, uno de ellos se encontraba enfermo, con fuerte fiebre por la herida de la cabeza, y el otro se entregó, con la condición de que atendiesen a su compañero.
  De ellos, como de otros tantos en esa época, no se tienen más noticias.

 Así lo recuerdo y así lo he contado. No se si realmente ocurrió tal cual, pero salvando la posible inexactitud de los detalles, esta es la historia de los extraños sucesos del Molino Bartolo. 
  Poco después, el molino quedó abandonado y el destacamento de la Guardia Civil de Paracuellos volvió a su Cuartel, en Campillo de Altobuey.
    

  



     



DUERMEVELA JUNTO AL FUEGO

Ensoñaciones de un señor mayor...

El duende de la llama…
Hombre, fuego y gorrión…
El hombre mantenía los ojos entrecerrados.
  El hombre soñaba su duermevela hundido en el desgastado sillón, desgastado y acogedor, junto a la chimenea.
  Y el hombre, a través del semivelado cristal, entreveía, vislumbraba la danza inquieta de las llamas.
  Y entre las inquietas, juguetonas y acariciantes llamas asomaba su cara, picaresca y burlona, el duende de la llama. O, quizás sería mejor decir, el duende del calor. Allí donde haya combustible, donde haya una chispa de calor, donde se esconda la mínima calidez, allí, invisible, acechando dispuesto a saltar sobre quien le da sentido a su existencia, es su razón de ser, allí hay un duende.



¿Quién ha dicho que los duendes no existen, que solo son el fruto de la fantasía calenturienta del escritor? Llevan muchos años, siglos, jugando con los hombres. Les hacen sentir un ligero soplo en la nuca cuando esperan la noche junto al fuego, atizando las últimas ascuas del rescoldo, justo unos momentos antes de irse a la cama. Y allí les hacen removerse inquietos hasta que el frio en la cara les dice que se vayan y dejan a su atormentado huésped sumirse en agitado sueño.
  El hombre que vuelve del campo, cuerpo cansado y andar lento, acariciado por los rojizos rayos del sol que a punto está de esconderse, luego de darle el último beso, tras el horizonte, siente, en ese pequeño, mínimo instante, un ligero estremecimiento que le hace volver la cabeza. Allí no hay nada, excepto el sorprendido vuelo de algún sisón rezagado y un postrer rayo que lleva un poco de color a sus ojos y de calor a su adormecido corazón. ¿Un duende?
O en el cálido mediodía de verano, cuando el adormecedor sonsonete de la chicharra invita a buscar la reconfortante sombra
.
 Pueden los duendes tomar formas caprichosas y variadas. Una flor, un cuadro, un recuerdo, una persona, otro recuerdo… ¿acaso muchas veces no nos hemos sorprendido con la añoranza de algo que, mucho tiempo después de ocurrido y semienterrado en la memoria, vuelve, se enreda, se aferra con fuerza y nos hace revivir lo que fue, lo que pudo ser y no fue, lo que habría sido si… Y junta, funde, confunde hasta hacer de la suma de las partes un todo donde es difícil, imposible, distinguir los hechos de los sueños, la realidad de los anhelos, el fue del pudo ser…
  Los duendes se alimentan de los sueños, las emociones, los anhelos. Viven de los secretos más profundos y las ilusiones más íntimas de los hombres.
  Pero no son vampiros que solamente se alimentan de sus víctimas, dejándolas exhaustas e indefensas. Quieren ser justos y dar tanto como reciben. Si necesitan sueños, pagan con sueños. Si se nutren de emociones, pagan con ilusiones, y satisfacen sus anhelos colmando a su víctima (¿o debería decir a aquellos a los que benefician?) de mayores anhelos. Tratan de convertir esa relación en un mutuo beneficio. Otra cosa es cómo termina esa historia.
  El hombre lo vio por vez primera uno de esos días de romero y tomillo del mes de mayo. No lo reconoció entonces. No estaba solo, en esa situación en que es más fácil mirar hacia dentro, sentirse, notar el cosquilleo que te lía en sus dedos, te enreda en su ovillo y te deja el regusto de algo inacabado, a medias, como un pequeño sorbo de agua que, en vez de quitarte la sed, te invita a apurar el refrescante trago hasta la última gota.
  No lo vio, no lo reconoció. Ahora, haciendo memoria, recuerda, cree recordar, tal vez sueña, que todo a su alrededor desapareció. Sus ojos estaban enredados en otros ojos, sus dedos deseaban enredarse en otros dedos, en rizos desordenados. Resbalaban por la cara, por la boca que emitía sonidos no oídos; los ojos acariciaban, esforzándose en evitarlo, temiendo ser cogidos en falta, la línea suave del cuello, al que una camiseta descuidadamente holgada dejaba convertido en largo, infinito, pozo fresco donde saciar una sed de siglos. Tal vez fue así o tal vez así lo sueña, así lo recuerda. Recuerdo, sueño, anhelo… ¿cuál es la sutil diferencia cuando es la obra de un duende?


  Los duendes son… duendes. Es su naturaleza... ¡Qué le vamos a hacer!
  Parece que está en ella, su naturaleza, el ser imprevisibles, caprichosos, juguetones… sobre todo, juguetones.
  Juegan con las imágenes del sueño. Juegan con las palabras. Juegan con las emociones. Y juegan con el tiempo. Sobre todo juegan con el tiempo. En eso son maestros indiscutibles. ¿Quién no lo ha experimentado alguna vez? El tiempo es sus manos es la arcilla moldeable del alfarero, el hierro al rojo vivo del herrero en la fragua, la plastilina del niño. Ni ellos se libran del juego de los duendes…o, quizás entonces aún juegan con los duendes, sus amigos invisibles”…
  El tiempo en sus manos se escapa entre los dedos. Y puede escaparse a puñados, pasando una eternidad en un instante. Es entonces, si ya ha caído, aunque aún no lo sepa, en su red, cuando el hombre sentado junto al fuego mira hacia atrás y le parece que su vida ha pasado en un sueño. ¡No puede ser! Si el hombre siente que su corazón es joven, tiene tantas cosas por hacer, tantas ilusiones por cumplir, tantos sueños por realizar… No puede haber pasado el tiempo tan rápido. No, es imposible. Tiene que ser una mala jugada del duende del fuego. O del agua, de la tierra, del aire; de todos juntos, confabulados para burlarse en su duermevela.
  Otras veces es al revés. Se desliza entre sus dedos como tela de araña, hilo sutil, suspiro de brisa que hace que un instante sea eterno. Que la vida sea una cámara lenta, un desespero infinito, un no llegar nunca al lugar, al momento, a la persona esperada. Las esperas son eternas, como la tristeza. La felicidad hace que el tiempo pase raudo, vuele, se haga intangible se escape, te haga correr tras él, apenas rozándole con la punta de los dedos, pero sin poder asirlo jamás.
  Hoy, de nuevo, el hombre sentado junto al fuego recuerda, intenta recordar.     Hoy ya es consciente de la existencia de su duende del fuego. Porque ahora sabe que es el duende del fuego. No el del aire, en la brisa, ni el del agua, cabalgando en una ola. Está en el fuego. O mejor, en el calor. Ahora está seguro. No sabe cómo ni por qué, pero está seguro.
Lo vislumbró, sin reconocerlo, el cálido mediodía de mayo, buscando la sombra refrescante. Y se enredó en los rojizos reflejos, otra vez la llama, de un cabello. En el rosado mohín de una sonrisa. En la blusa, otra vez roja, que prolongaba la línea de un cuello infinito.
  No lo reconoció ¿O sí, pero no lo recuerda? Tal vez solo lo sueña, anhela que así hubiese sido. No importa si fue así o no. Ahora, para él, fue de esa forma. Sin duda ninguna. Es su realidad. Y nada ni nadie harán que sea de otra manera.
Ya es su rosa. Y punto.
Pasaron días, semanas, meses… Como siempre, volando. Algún recuerdo, el tiempo dilatado, pasa el verano, el otoño, llega el invierno…otro ligero, mínimo destello, un encuentro, un abrazo casual… ¿casual? Si es que la casualidad existe. Poco después todo empieza a girar. El tiempo cambia de sentido. Un día las horas parecen segundos; al siguiente, dos días se convierten en una vida.
  El hombre, junto al fuego, intenta recordar. Cómo, cuando,  por qué… No puede. El tiempo se mueve en todos los sentidos. Unas veces lo siente lento, desesperadamente lento. Otras veces se mueve tan rápido que marea, aturde, confunde…
  No consigue recordar cuando ni por qué se inició una conversación. Debió ser por algo… ¿banal? No consigue recordar. Pero tiene grabado a fuego la sensación, el sentimiento, el anhelo, la confianza que fueron naciendo, creciendo, haciéndose primero un hueco pequeñito y cálido, para poco a poco crecer, erguirse, pasar de chispa titubeante a llama incipiente que lame la madera reseca por el tiempo y estalla en llamarada que deslumbra, aturde y hace retroceder, asustado, al hombre que reposa junto al fuego.
  Pero no. Ahora ya no reposa. Ahora el fuego, el duende del fuego, le hace sentir, anhelar. El tiempo ha vuelto a correr al revés. Todo es un torbellino de locura. Siente deseos nunca sentidos. Un abrazo. Solamente un abrazo. Ha vuelto atrás el otoño, el verano, muchos otoños, muchos veranos. Es una locura imposible. El hombre es joven. No se siente joven. Ahí siguen estando las marcas del tiempo en sus manos, su cara, su cuerpo. ¡Pero es joven! Y es joven porque alguien, desde sus rizos, sus labios y la línea de su cuello lo ve joven. O cree, siente, que lo ven joven. El duende. Sigue ahí.
  ¿Es cierto el sueño junto al fuego? Al hombre, en la tarde-noche del invierno, le gustaría creerlo. Creer que todos sus  sueños por vivir, sus ilusiones por renacer, sus anhelos por cumplir, que todo eso, y mucho más, aún es posible.
  Quiere creer que aún hay tiempo para que todo aquello que dejó pasar, sin rozarlo apenas con la yema de los dedos, cuando pensaba que el tiempo era largo, inmenso, inagotable, que todavía hay un momento, una ocasión para recuperarlo.
  Quiere creer. Pero es el duende el que le hace creer que todo es posible. Que todo aquello que dejó pasar, que dejó para cuando… cuando… cuando… que todo se puede recuperar. Es el duende quien le hace imaginar lo que tal vez nunca fue. Junto al fuego de su invierno somnoliento toma sus recuerdos, los amasa, los transforma, hace con ellos una pura ilusión y, sutilmente, a traición, en la soledad de su duermevela, se los devuelve. Los mete en el más pequeño rincón de su cabeza, tan racional, y en el más cálido hueco de su corazón, tan ansioso de seguir latiendo.
  Entonces cree el hombre, junto al fuego, que no es un sueño. Salta su corazón de alegría, se llena de ternura, se desborda de alegría. Por unos momentos se produce el milagro. Por unos instantes el hombre, que se ha hecho fuego junto al fuego, el hombre, sin dejar de mirar sus manos manchadas por el tiempo, sus ojos rodeados de los pliegues que dan los años, su cuerpo que siente cansado… el hombre, de nuevo, o acaso por primera vez… ¡es joven!
  Y sueña que no es un sueño. Que las manos que se enredan, que se buscan, son una realidad. Que los rizos hacen bailar los reflejos llenando sus ojos de alegría. Que la línea del cuello le abraza, le envuelve, desea volver a abrazarlo. Sueña en sus sueños que está aprendiendo emociones nuevas a las que no sabe poner nombre. El hombre conoce muchos nombres, ha leído muchos nombres, quizá hasta ha escrito muchos nombres. Pero para esto no halla ninguno. Necesita un nombre que sea todo y nada, realidad y sueño. Un nombre que hable de vida nueva sin renuncia del pasado. Que hable de alegría sin dolor, de entrega sin posesión. Un nombre que poder dar a la realidad de su sueño. O al sueño de su realidad.
  El duende del fuego es cruel. Mientras arde un tronco en el hogar pone sentimientos cálidos en el corazón. Hace que el tiempo se detenga. La ternura, el cariño, el ansia de amistad, de dar y recibir, se hacen inmensos. Se desbordan, no quieren terminar de fluir.
  En esos instantes el hombre, aunque sabe que está en un sueño, es feliz. Extraña, sorpresiva e inmerecidamente feliz.
 Los troncos del fuego se apagan. Poco a poco la última brasa va perdiendo su brillo, su calor. Ya la ceniza se enfría. Las manos ya no se enredan en otras manos. Los ojos no se reflejan en otros ojos. Las palabras no se convierten en el eco de otras palabras.
  Y el duende, cruel duende, le recuerda que un sueño solo es un sueño. Que sus ilusiones, sus anhelos, sus fantasías, no son suyas. Él las puso ahí. Es su vida. Él vive en los sueños de otros. Necesita los sueños de otros. Se alimenta y crece con los sueños de otros. Y con sus ilusiones y sus esperanzas. Con sus anhelos y sus recuerdos.
  Y en el frio de las cenizas del hogar le enseña sus recuerdos. Cómo fueron en realidad sus recuerdos. Cómo los soñó reales.
  Y los rizos eran plumas rizadas por la brisa. Los labios eran el diminuto pico del que brotaban los trinos suaves y melodiosos. Y la línea infinita de su cuello era el vuelo que lo llevó lejos, muy lejos. A buscar otras tierras y otras gente.
  Algo había de cierto. Mucho había de cierto. El pájaro, el gorrión, le hacía sentir una atracción irresistible, le hacía amarle, desear tenerlo siempre consigo, darle su compañía y tener la suya. Pero el gorrión necesita volar. Es su razón de ser, de vivir. Y eso es lo que de él le atrae. Su libertad. El hombre quisiera volar con el gorrión, pero está atado al suelo. Lo más que puede ofrecerle es un hombro donde posarse cuando esté cansado.
 Ciertamente… podría cortarle las alas,, atarlas con hilo de oro, o de pasión. Pero ya no sería un gorrión. Libre, travieso, juguetón. Sería una triste sombra de lo que fue.
  Y el hombre, con el último rescoldo, decide, antes de que la brasa sea fría ceniza, con su último atisbo de calidez, abrir las manos donde se enredaron un momento las plumas del pajarillo y ver como se alejaba volando.


  Y… ¡maldito sea el duende!... en su duermevela sueña con que el gorrión, un día, volverá a descansar en su hombro…


DUERMEVELA…



¿Servirá de algo o para algo dejar constancia por escrito de alguna reflexión íntima? Algún día… ¿volverá a ser leída? Cuando el tiempo, en su marcha incansable e implacable, haya hecho correr los días, los meses, los años… o sea, dentro de nada, cuando, de nuevo junto a la lumbre, intentemos ordenar recuerdos, recordar el orden de las cosas que fueron algo en nuestra corta, cortísima vida. Cuando la esperada y temida duermevela quiera adueñarse de nuestros sueños que ya se fueron, de nuestras ilusiones que dejaron de serlo, de nuestros anhelos que ya se nos antojan cosa del pasado. Cuando… ahora ya no recuerdo qué es lo que quería escribir. A lo mejor solo quería, ya no lo sé, burlar, hacer un guiño a la memoria que, traicionera ella, se empeña, cada vez más, en ir haciendo agujeros, abriendo huecos, cerrando ventanas, por las que se van escapando pedazos de nuestra vida. A veces entran por esas nuevas ventanas fragmentos que creíamos olvidados, pero que están ahí, esperando, acechando, buscando el momento propicio para abalanzarse de nuevo sobre nosotros. No sé cuál será su intención, si ayudarnos a revivir y agradecer lo vivido o, por el contrario, vienen a decirme “mira lo que te perdiste, lo que no fue y lo que pudo haber sido…”



La persistencia de la memoria. Salvador Dalí.

  Esta noche, junto al fuego mortecino, junto a los restos calcinados de un viejo pino, el duende del fuego, ese ya viejo conocido, trae añoranzas de pasados recientes, o lejanos, ya no lo sé.       De nuevo juega con el tiempo. De nuevo los años se convierten en días, los días en meses, o minutos. El tiempo ya no es algo continuo, un recta uniforme que avanza siempre a la misma velocidad. Hoy es la bola de un sonajero. No, es el visor de un caleidoscopio, donde los hechos, los sentimientos, las personas de nuestra vida, aun siendo siempre los mismos, como los fragmentos de luz del caleidoscopio, se nos presentan a cada giro de la llama, de una forma diferente, mezclando en luminosa algarabía lo que fue, lo que queríamos, soñábamos que fue, lo que pudo ser y lo que nunca será.
  Y esta noche sueño (o recuerdo… ¡qué más da!) con una mujer joven, una niña, que hizo que por un día, unos años, unos minutos, recobrase una ilusión, que fuese, nó que me sintiese, que fuese joven. Y fui joven de nuevo; en el giro del caleidoscopio se mezclan tiempo, hechos, sueños y realidades.
  Y en el giro del tubo multicolor se mezclan, o me parece que se mezclan, ilusión vana, incluso las personas. Nos hace creer, me hace creer, que los dos nos hacemos uno, que el sueño de uno se hace un todo con el sueño del otro, que la esperanza del otro es la misma que la propia esperanza. Nos hace esperar, desear, que nuestros anhelos y deseos sean siempre los mismos, que las promesas (o los sueños) de eternidad, del para siempre, sean por siempre compartidos.

  El duende que hace girar el caleidoscopio se ríe. A carcajadas. Sabe que la eternidad es un instante, que el siempre dura apenas unos segundos; que los caminos que se veían paralelos nunca fueron juntos. Quizá en algún momento, o en varios, se cruzaron, fueron unos segundos próximos el uno al otro. Pero nunca unidos. Cada uno seguía su ritmo. A veces latieron juntos. Unos instantes, unos meses, unos años. Luego giraba el caleidoscopio y una línea necesitaba apartarse, seguir otro camino durante un tiempo, horas, días minutos… ¿Qué más da? Otro giro. Brillaban colores entremezclados, ilusión de vida nueva, realidad de sueños nuevos. Hasta que algo le hacía parar. Y las líneas, las vidas, los afanes, volvían a cruzarse. ¿Durante cuánto tiempo? ¿Dos segundos? ¿Dos años? ¡Qué más da! Hasta que las manos invisibles  vuelvan a hacer girar la rueda y de nuevo los colores formen un carrusel de sueños.
  Por un tiempo, por un momento, por una vida, pensé que bastaba que uno lo desease con suficiente fuerza para nuestra vida fuese siempre paralela. No convertida en una sola. Separadas, independientes, pero juntas, siempre juntas.
  ¡Qué iluso! ¡Pensar que la vida de un viejo y la vida de un joven pueden ser paralelas!  Podrá haber admiración, cariño, ilusión por ser lo que el otro es, lo que el otro sabe, lo que el otro siente. El viejo se hará la ilusión de la juventud y el joven deseara la experiencia del viejo. Esperarán… en algún momento creerán haber coincidido. El viejo será joven, porque así se siente. El joven, la joven, será un poco más sabia, porque así se siente. Pero es falso. Un giro más del tubo y las cuentas de colores bailarán de nuevo contra el sol, las vidas, unidas dentro del mismo disco, seguirán caminos distintos. Formaran nuevos sueños, unidos por hilos invisibles, pero sintiéndose cada vez más cercanamente lejanos.



  Hoy, ahora, me siento viejo. Siento, sé, creo, que a cada vuelta  del caleidoscopio las líneas, las vidas, los sueños, se separan más y más. Cada vez les cuesta más y más volver a juntarse, a sentirse próximas. Y creo, siento, sé que un día ya no volverán a unirse. Y quedaré solo junto al último rescoldo, otra vez en mi duermevela.
  O, tal vez, en la vieja casa castellana pueda llegar a encender algunas resecas ramas con las que intentar calentar los ateridos huesos.
  O, tal vez… el duende del fuego deje de jugar



El dolor de los sueños.

En los años de mi vida, que ya son demasiados, he aprendido a no pedir.
Dar, sí…
 Eso nunca defrauda.  Y, cuando no esperas nada a cambio, lo poco que recibas, si algo recibes, es una gran recompensa.
 Una total alegría que hace saltar de gozo el corazón.
 Y, como en la amistad o el amor, cuanto más das, más tienes. El dar, enriquece.
 Si, por añadidura, percibes que aquello que das es apreciado, aunque solo sea en una mínima parte... eso ya puede ser hasta glorioso. E, incluso a veces, tristemente adictivo.


He aprendido que pedir solo sirve para recoger negativas.
 Sufre el corazón del que tiene que pedir.
 Se da con alegría, con esperanza de ser bien recibido. Solo ese bienvenido ya es una recompensa.
 Se pide con temor, con el miedo al rechazo, al no  tajante  y frio o a la excusa suave y razonada, a veces, cuando no al silencio por evasiva. Si no es el reproche por la osadía, el atrevimiento de pedir, de esperar que alguien pueda acudir en tu ayuda.
 Hace muchos, muchos años, que aprendí a no pedir.
 Pedir duele. Es reconocer tu debilidad, tu necesidad. Y parece que no hay nada menos atractivo, incluso triste y amargamente repulsivo, que alguien necesitado. Que alguien que pide.
  Parece que quien tiene de sobra, amigos, bienes, cosas, éxitos, fuerza, juventud... ese es atractivo.
  El acto de dar no precisa que los otros vean en ti cualidades especiales. Parece que es algo que tienen sobradamente merecido por haber tenido la condescendencia de estar un momento a tu lado, de pasar junto a ti. Aunque solo hayan dejado un imperceptible rastro de su aroma. A veces, ni eso.
 Todos tenemos necesidad de todos. Todos, tarde o temprano, necesitamos algo de otros. No importa qué. Siempre necesitaremos algo. Cada vez menos, es cierto, pero... ¿es que cada vez necesitamos menos o es que cada día que pasa aumenta en nosotros el miedo a pedir?
 Ninguno somos seres especiales. Al final.. ¡Somos tan tristemente, cómicamente iguales!
  Y yo... más igual que ninguno. Tristemente, cómicamente igual...
  Hace años decidí, no sé exactamente cuándo, pero hace muchos años, decidí que nadie, absolutamente nadie, me haría sentirme humillado con una negativa. Dolido y humillado.
  Desde entonces me he ido acostumbrando a no pedir, a no esperar, a no poner ilusión en algo o alguien, en no dar a nadie el poder de hacerme daño.
 Autodefensa, creo que llaman a esa actitud. Es posible. Autoprotección.
Porque cada vez las heridas duelen más. Aunque sean pequeñas, son dolorosas.
 Y ya no son las grandes heridas, que antes podías soportar con entereza, las que hacen daño. Ahora bastan los pequeños rasguños, las mínimas desconfianzas, las más chicas deslealtades, las que te hacen encogerte, replegarte, hacerte un ovillo alrededor de ti mismo. Para aguantar el dolor, para disminuir el sufrimiento. Para fingir que sigues siendo fuerte. Para engañarte simulando una entereza que no tienes.
 Tristemente... o quién sabe si afortunadamente…  los sentimientos, la capacidad de sentir, sigue estando ahí, intacta, con todo su poder de seducción, de engaño, de ilusión...
 Y, aunque de tarde en tarde, a veces salta una chispa. Parece que haya llegado algo nuevo que pueda remover algún viejo rescoldo. Es un instante, un momento, un guiño de ojo del duende del tiempo.

 Piensas, sientes, descubres que en tu interior sigue viviendo aquel que un día fuiste. Que en lo más profundo, o esperando a flor de piel, siguen habiendo abrazos que no se han dado, que buscan otros brazos para entrelazarse y hacerse uno.
 Revolotean besos reprimidos que languidecen, que mueren por salir y cobrar sentido al posarse en otra piel, al dar su calor a otro cuerpo.
 Y esa inesperada, deseada chispa, resplandeciente chispa, te deslumbra. Te confunde. Te engaña. Piensas que tal vez estés equivocado, que aún es tiempo de dar un mucho y pedir un poco. Que esa chispa, pequeñita y brillante, puede haberla visto y sentido alguien más.
 Sueñas que lo imposible aún es, puede ser, real.
 Quizás aparezca algún día de primavera en medio de lo que se ha ido convirtiendo, no en otoño, sino ya en un oscuro, triste y helador invierno.
 Aún puede ser tiempo de compartir... ¿seguro? O.. ¿será tan solo otra ilusión más de tantas como aparecen al atardecer, junto a las últimas brasas del cada vez más apagado hogar?
  Quieres creer, necesitas creer, para seguir vivo, que hay algo de realidad en tu sueño.
 Dejas por un momento que tus manos se alarguen, que tus brazos se extiendan, se cierren soñando que ciñen otros brazos. Y hasta un beso, ansioso de volar, salta al aire buscando donde posarse. Una piel, una frente, una mano. Otro sueño.

 El viejo miedo sigue estando ahí. No se ha ido. El miedo al no. El temor al rechazo. El miedo al dolor de pedir.
 Y cada invierno que pasa el miedo aumenta, crece, se convierte en otra cosa. Hasta que ya no es miedo. Se va, poco a poco, convirtiendo en conformidad, en resignación.
 Ya hay tan poco que perder que deja de tener sentido el temor a perder algo.
 ¿Qué puedo perder cuando no tengo nada? No tengo nada. No tengo nada que ofrecer. Al fin todo es un toma y daca. Y si nada puedo ofrecer nada puedo pedir a cambio.
 Ya solo puedo alargar unas manos vacías. Tal vez poniendo en ellas un trocito de corazón. Viejo, cansado por veinte desengaños... pero al fin corazón.
 Un día, una tarde, una noche... un momento de debilidad.
 Y pides algo. No te atreves a pedir un sueño. Sería demasiado. Haciendo acopio de valor, o quizá de inconsciencia, pides. Algo pequeñito, corto, menudo, tiempo... un minuto, menos, el tiempo de un abrazo...  Y contesta el silencio. Y duele.
  Luego disculpas, comprendes, quieres comprender.
 La chispa sigue estando. Aviva el rescoldo. Y enseñas de nuevo tus manos vacías. Con su pedazo de corazón. Y ofreces tu abrazo. No pides ya. Pones un beso. No pides un beso. Los abrazos, los besos, las palabras de cariño no se piden. Se dan. No se piden. Se reciben, no se piden.
 Después, otro día... vuelve la ilusión, la tristeza, la inconsciencia, confías y... crees que puedes pedir.
Vuelves a pedir algo más pequeñito. Ni un abrazo, ni un minuto... tan solo un pensamiento, un recuerdo.
 Esta vez no es el silencio, el lo siento, no puedo...  Es la respuesta malhumorada y el reproche.
 Lo primero no tiene importancia. El cansancio, la inoportunidad, un mal momento.
 Es el reproche por el atrevimiento de pedir un recuerdo, un pensamiento.
 Duele. En lo más profundo.
 Apenas sale un balbuceo... perdona, no quería molestar...
 Y vuelves a tu concha. Encogido. Escondido. Asustado.
 Y ahora los reproches son tuyos.     
Ya habías aprendido a vivir sin pedir nada.. ¿Por qué ahora, de nuevo?
¿Con qué derecho pides nada? Si nada puedes ofrecer a cambio. Solo tienes tus manos vacías.
Es tarde...
Es tu invierno...
Vuelve a tu duermevela junto al fuego que ya no calienta.
 Sueña si quieres. Sueña con gorriones que vuelan libres. Sueña con playas limpias y campos de almendros en flor.                           
Pero sueña junto al fuego.
Tus sueños ahí son más reales.     
Sueña con lo que dejaste por hacer.
Sueña con tus imposibles.
Sueña con tus sueños.
Serán solamente sueños. Mágicos, imposibles, reconfortantes, nostálgicos..

.
 Pero los sueños junto al fuego no duelen tanto.